viernes, 4 de mayo de 2012

No digas que fue un sueño



No digas que fue un sueño. No. Di mejor que es una hermosa realidad. Cree. Recuerda. Porque recordar es volver a vivir...

No digas que fue un sueño el sentir en tus propias carnes eso que los más entendíos llaman sevillanía. No lo digas en voz alta, ahora no, pues se enfadará el Parque de María Luisa que tan radiante y tan guapa te vio aquella tarde y que fue fiel testigo de nuestro más sincero amor…

Porque no fue un sueño el que corrieras junto a mí en una tarde lluviosa de primavera, con el granizo caído jugando aún revoltoso en tu pelo, recordando esos besos embrujados dados en las plateadas aguas del río Guadalquivir, bajo un baile de fuegos artificiales, la noche anterior.

Poco a poco tu gloria se fue convirtiendo en mi gloria. 

Y lo que parecía ser ya era... Qué bonito que fuera un 25 de abril, aquel día en el que pregonara a Sevilla lo mucho que te quiero.

Renacimiento de una ilusión que, como si de un cauce se tratara, iba sellando todas las heridas de mi corazón. Una ilusión que se transformaba en improvisadas rutas entre los adoquines de las angostas calles sevillanas o en las alturas del mirador de la Encarnación, paseos con el añadido murmullo del agua cayendo desde una fuente en los Jardines de Murillo... Un inolvidable viaje el vivido entre naranjos de Nervión o bajo el incesante revuelo de palomas blancas en la Plaza de América, como inolvidable fue también el embarcarnos a bordo de un barca que cruzase todo el canal de la Plaza de España o el caminar cogidos de la mano junto a las murallas de la Macarena. Qué más da por donde paseáramos. El sueño de estar enamorado en Sevilla ya no era tal, sino que era una hermosa realidad.

Mientras tanto, en la otra orilla, en Triana, siguen llorando tu ausencia cuando con tus manos plasmaste sus paisajes de Purezas y Altozanos en bellas fotografías, siempre con el Puente como telón de fondo, siempre como testigo fiel de nuestro amor.

Y en los Reales Alcázares, entre jazmines y rosas, entre doncellas y reyes, entre jardines y estanques, sigues soñolienta en un laberinto donde se duerme el silencio, donde se hilvanan los versos de los poetas más hondos, de los poetas eternos.

Feria de una incipiente ilusión, al pasear por esas calles de albero del Real vestida de gitana andalusí, contorneándote con tu fina y exquisita elegancia y mostrando a Sevilla los colores rojo y blanco, esos mismos que hacían juego con los farolillos al pasar bajo una portada dedicada a la Iglesia Colegial del Divino Salvador.

O el caminar entre Barquetas y Alamillos, entre Buhairas y Alfalfas, entre Alamedas y Sierpes, entre Maestranzas y Costureros de la Reina, desde lo alto de la Torre del Oro al Giraldillo, desde el monte Gurugú hasta la Puerta de Jerez, entre la Virgen Macarena y la Virgen de Triana, entre misterios y palios o entre fuentes y callejones.

Y siempre con una sonrisa en los labios, la mejor de tus virtudes, la mayor de mis pasiones, una flor revoltosa en tu pelo lacio y azabache y una mirada brillante de entusiasmo, de ilusión y de alegría.

No hubo más sombra que nuestras manos entrelazadas en las calles del barrio de Santa Cruz. Calle Mezquita, Mariscal, Pimienta, Verde, Aire, Agua, Vida... Calles que se estrechan como se estrechan mis besos para abrazarse a tu bello nombre, cal y jazmín, luz y fuego, Virginia.

Plazuela de Santa Marta, donde se detuvo el tiempo, donde el silencio fue roto sólo por el estallido de tus besos.

Todo esto ocurrió en Sevilla. En cinco inolvidables días.

Alianza de un amor sin precedentes.

Postigo de mi corazón.

Que hasta Itimad y Susona sonreían para sus adentros y permanecían calladas.

Que hasta el Cupido del monumento a Bécquer admiraba.

Y que ni hasta Martínez Montañés ni Juan de Mesa podrían plasmar en sus obras.

Amor sincero, puro y verdadero, honrado y generoso, que se demuestra al subir, cogidos una vez más de la mano, las rampas que conducen hasta el cuerpo de campanas de la Giralda y, desde ella, poder presentarte a Sevilla como la más hermosa todavía. Una Giralda que siempre quiso ser protagonista tocando una de sus 25 campanas a compás con nuestros besos.

Y, por último, recordar unas lágrimas en la despedida que convierten, al repasar nuestra historia, nuestra inseparable vida, en un conjunto de sensaciones de auténtica maravilla, pues desde la Casa de Pilatos no existe más caminos de Calvario que el no tenerte ahora mismo en Sevilla. 

Por eso, ya en este mes de mayo, y como recordar es vivir, no digas que todo aquello fue un sueño porque los sueños sueños son y tú viviste en la más hermosa de las realidades…

Sevilla NO8DO y yo nunca te dejaré a ti.

                                                                                                                               Te Quiero, Virginia