miércoles, 30 de mayo de 2007

De Sevilla a Carmona


Cuando por vez primera Washington Irving llegó a Sevilla, acompañando al ministro de los Estados Unidos, Alexander Everett, desde la tertulia de Cecilia Böhl de Faber, marquesa de Arco Hermoso –de muy distinto talante a la de su madre; Frasquita Larrea, en Cádiz– el alegre solterón norteamericano interesado en documentos sobre Colón, la conquista de Granada, Mahoma o la Alhambra, ya inicia una serie de viajes y proyectos de acercarse a Granada que recuerda las «razzias» de la guerra entre musulmanes y cristianos: así la invitación que le hicieron a visitar su hacienda de Zafra, en Dos Hermanas, cerca de Alcalá de Guadaíra.

Irving vivió casi un año en Sevilla, paseando por la Alameda de Hércules, por las orillas del Guadalquivir, el mismo Guadalquivir que, con los almorávides, logró hacer de Sevilla el paraíso de los poetas y almorávides que luego huirían hacia Carmona perseguidos por los almohades que habían logrado conquistar Tejada, Aznalcázar y el Aljarafe. Sevilla de Irving trabajando en el Archivo de Indias y en el de la Catedral: la Sevilla de la fábrica de cigarros, luego la de Carmen de Merimée.

Cuando el príncipe Dolgoruki llegó a Sevilla, ya estaba Irving en condiciones de ser su anfitrión: sus trabajos sobre Colón le habían llevado a Palos, on un solo caballe él y su amigo John Nalder Hall habían hecho nuevas «razzias» hasta Alcalá de Guadaira o Alcalá de los Panaderos, al decir de Irving. Los paneles repartidos en serones de mula por toda la Sevilla de la época gloriosa de esa ciudad en el mundo de oro de la ópera. Camino de Granada, con el príncipe Dolgoruki se detiene na vez más en las riberas del Guadaira y en Gandul para recrearse con las ruinas del castillo moro. En la ruta les quedaba a mano Carmona y El Arahal.

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