lunes, 6 de agosto de 2007

Abderramán III: Biografía y Política interior


Abd ar-Rahman ibn Muhammad, (en árabe: عبد الرحمن بن محمد), más conocido como Abderramán III o Abd al-Rahman III (Córdoba, 7 de enero de 891 - Medina Azahara, 15 de octubre de 961), octavo emir independiente (912-929) y primer califa omeya de Córdoba (929-961), con el sobrenombre de an-Nāṣir li-dīn Allah (الناصر لدين الله), aquel que hace triunfar la religión de Dios.

El califa Abderramán vivió 70 años y reinó 49. Fundó la ciudad palatina de Medina Azahara, cuya fastuosidad aún es proverbial, y condujo al emirato cordobés de su nadir al esplendor califal. De él dijo su cortesano Ibn Abd al-Rabbihi: la unión del Estado rehízo, de él arranco los velos de tinieblas. El reino que destrozado estaba reparó, firmes y seguras quedaron sus bases (...) Con su luz amaneció el país. Corrupción y desorden acabaron tras un tiempo en que la hipocresía dominaba, tras imperar rebeldes y contumaces. Bajo su mandato, Córdoba se convirtió en un verdadero faro de la civilización y la cultura, que la monja germana Hroswita llamó Ornamento del Mundo.

Sin embargo, a pesar de sus grandes talentos e inmensos logros, Abderramán III fue un gobernante cruel y despótico que cometió horribles crímenes, se entregó desvergonzadamente a los placeres y al que importó muy poco el derramamiento de sangre. El califato que forjó por la fuerza de las armas se vendría abajo de igual modo poco más de medio siglo después de su muerte.

Juventud:

Nieto de Abd Allah, emir de Córdoba y miembro de la dinastía omeya, que antaño había regido el califato de Damasco (661-750), el futuro emir Abderramán, tercero de su nombre, nació hijo de Muhammad y Muzna o Muzayna, una concubina cristiana que pasó a ser considerada una umm walad o Madre de infante por haber dado a su señor un hijo.

El nieto del emir cordobés recibió el nombre de Abderramán y la kunya de Abul-Mutarrif, nombre y kunya que tuvieron su tatarabuelo Abderramán II y el fundador de la dinastía omeya en al-Andalus, Abderramán I. El nombre Abd al-Rahman significa el Siervo del Dios Misericordioso y Mutarrif, que forma parte de la kunya, quiere decir, entre otras cosas, el combatiente o héroe que ataca valientemente a los enemigos y los rechaza, en definitiva caballero noble, distinguido y campeón. La kunya Abul-Mutarrif, impuesta a un niño que recibe intencionadamente el nombre de Abd al-Rahman, podría entenderse como una esperanza de que fuera un campeón al servicio de Allah y restaurara el poder de la declinante dinastía omeya.

Veinte días después del feliz nacimiento, el infante Muhammad murió asesinado a manos de su propio hermanastro, Al-Mutarrif. Al parecer, el Emir había propuesto a Muhammad como heredero suyo por sus méritos, lo cual irritó sobremanera a Mutarrif, que, al contrario que Muhammad, también era de sangre real por parte de madre. Mutarrif recurrió a toda clase de intrigas para deshacerse de su hermanastro, acusándole de conspirar con el famoso rebelde Omar ibn Hafsún. Consiguió que Muhammad fuera encarcelado, y cuando poco después el emir decidió ponerle en libertad por falta de pruebas, Mutarrif se apresuró a entrar en la prisión y dio una paliza tan brutal a Muhammad que éste murió desangrado. Hay fuentes, no obstante, que responsabilizan de la tragedia al mismo Emir, así como de la muerte del propio Mutarrif en 895. Según éstas, el Emir no deseaba que los más poderosos y capacitados de sus hijos se hartaran de esperar para ocupar el trono y lo asesinaran a él.

En cualquier caso, la primera infancia de Abderramán III debió de transcurrir en el harén de su abuelo el emir Abd Allah conviviendo con su madre y sus tíos menores de edad, con las esposas y concubinas de su abuelo y con un buen número de servidores, esclavas, amas de cría, comadronas y eunucos. Al frente del harén en un momento determinado estaba su tía, llamada al-Sayyida, es decir, la Señora. Era hermana uterina del infante Mutarrif, el asesino de su padre. Se encargó esta infanta de la crianza y educación de éste; lo trató con bastante rigor, y llegó a maltratarlo. Ibn Hazm cuenta que cuando el joven Abderramán sucedió a su abuelo, la expulsó del Alcázar, y hubo de refugiarse en la casa noble de los Banu Hudayr, visires del emirato. Esta princesa murió el 24 de enero de 931, unos dieciocho años después de la entronización de su sobrino

El ascenso al poder:


"Se sentó en el trono para recibir el juramento de fidelidad de los súbditos el jueves 1º del mencionado mes de rabi en el Maylis al-Kamil de Córdoba. Los primeros que le juraron fueron sus tíos paternos, hijos del imam Abd Allah, que eran: Aban, al-Asi, Abderramán, Muhammad y Ahmad; los cuales vinieron a verle con mantos y túnicas exteriores blancas, en señal de luto. Siguieron a éstos los hermanos de su abuelo, que eran al-Asi, Sulayman, Sa'id y Ahmad, de los cuales fue Ahmad el que tomó la palabra y el que, después de jurado, lo alabó diciendo: ¡Por Dios! Sabedor de lo que hacía te escogió Dios para gobernamos a todos, altos y bajos. Yo esperaba esto del favor que Dios nos concede y como prueba de que vela por nosotros. Lo que pido a Dios es que nos inspire la gratitud debida, nos complete sus beneficios y nos enseñe a alabarlo. Tras los miembros de la familia califal se fueron sucediendo los individuos y personajes notables de Qurays, uno por uno, más los mawlas. Luego lo hicieron los personajes más importantes entre los moradores de Córdoba: alfaquíes, gentes de relieve, magnates y miembros de las clases nobles.
Terminó la ceremonia de la jura para las clases elevadas a la hora de la oración meridiana de ese día, en la que Aberramán, acompañado de los visires y de los altos funcionarios del Estado, dejó el trono para hacer la oración fúnebre por su abuelo e inhumarlo en su sepulcro de la Rawdat al-julafa de Córdoba."

(Una Crónica anónima de Abderramán al-Nasir. Ed. y trad. cits., pp. 91-93.).

Cuando el viejo emir Abd Allah murió a los 72 años de edad, la sucesión tomó un cariz inédito, puesto que no recayó en ninguno de los hijos del difunto, sino en su nieto Abderramán. Aunque las fuentes presentan el hecho como algo normal, dada la preferencia del difunto emir por el hijo de su primogénito, el asunto debió de ser algo más compleja. Ibn Hazm señala que el nuevo emir fue designado por una asamblea, aunque desgraciadamente omite más detalles; y aunque las fuentes señalasen que sus tíos acudieron gozosos a la proclamación, lo cierto es que pocos años después algunos de ellos conspiraron para derrocarlo. Es muy probable, por tanto, que en la designación de Abderramán como como heredero jugaran un papel importante las intrigas palaciegas urdidas en torno al lecho del emir moribundo.

En cualquier caso, Abderramán III sucedió a su abuelo el 16 de octubre de 912 [5] cuando tenía poco más de veintiún años. Heredaba un emirato al borde de la disolución, y su poder no iba mucho más allá de los arrabales de Córdoba. En el norte, el reino asturleonés continuaba la Reconquista, dominando ya la frontera del Duero con el concurso de los mozárabes que habían huido del cruel dominio andalusí. En el sur, en Ifriqiya, los fatimíes habían proclamado un califato independiente, susceptible de atraer la lealtad de los muchos musulmanes justificadamente molestos con el yugo omeya. En el interior, por último, los muladíes descontentos continuaban siendo un peligro incesante para el emir cordobés, por más que alguno de los focos de rebeldía, se hubieran ido debilitando. El más destacado de los rebeldes era Omar ibn Hafsún, quien desde su inexpugnable fortaleza de Bobastro, en la serranía de Ronda, controlaba gran parte de Andalucía oriental.

Desde el primer momento, Abderramán mostró la firme decisión y una constante tenacidad para acabar con los rebeldes de al-Andalus, consolidar el poder central y restablecer el orden interno del emirato. Para ello, una de las medidas que tomó fue introducir en la corte cordobesa a los saqalibah o eslavos, esclavos de origen europeo, con la intención de introducir un tercer grupo étnico y neutralizar así las continuas disputas que enfrentaban a sus súbditos de origen árabe con los de origen bereber.

Política interior:

Durante los primeros veinte años de su reinado, Abderramán III emprendió victoriosas aceifas contra Omar ibn Hafsun y sus hijos y aliados en Andalucía, y contra los señores levantiscos de Extremadura, Levante y Toledo. Años después, en la tercera década del siglo, someterá al señor de Zaragoza. Su primer objetivo fue romper la coalición antiomeya formada por los grupos árabes de Sevilla y Elvira y por los muladíes, beréberes y cristianos. Contó con el apoyo eficaz de su hayib, el eunuco Badr, que se había criado en al Alcázar cordobés y que, como un nuevo Moisés salvado de las aguas, fue encontrado recién nacido cerca del mismo, en el Guadalquivir. En cada circunstancia Abderramán, de acuerdo con sus colaboradores, tanteó la situación, negociando, pactando y ofreciendo privilegios, prebendas y cargos políticos y militares; pero también recurrió a la astucia, al engaño, a la amenaza y a la crueldad más extremada para recuperar el poderío pretérito de la dinastía y proseguir sin descanso su misión pacificadora.

Primeras campañas:

La primera etapa de esta política fue la conquista de Écija, a cincuenta kilómetros de la capital. El 1 de enero de 913 el hayib Badr entró en ella. Derribó las murallas de la ciudad y todas las fortificaciones, excepto el alcázar, que reservó para residencia de los gobernadores y guarnición del ejército emiral. Concedió el amán a sus habitantes, perdonándoles sus faltas y crímenes, mostrándose generoso con ellos e integrando a sus caballeros y defensores en el ejército real con buenas soldadas y extraordinarias concesiones a sus familiares e hijos.

En la primavera de ese mismo año y tras sesenta y cinco días de minuciosos preparativos, Abderramán III dirigió personalmente la primera aceifa por tierras de Andalucía. Esta campaña es denominada de Monteleón en todas las crónicas, porque el primer objetivo de ella fue un castillo de este nombre y que debía de estar cerca de Mancha Real, en la provincia de Jaén. En esta importante expedición las tropas omeyas recorrieron las coras de Jaén y Elvira e incluso desde Martos tuvo que enviar un destacamento de caballería para liberar Málaga del asedio de Omar ibn Hafsún, el mayor enemigo de la dinastía. En Fiñana (Almería), tras incendiar su arrabal, Abderramán III consigue que sus defensores capitulen ventajosamente con la condición de entregar a los aliados del rebelde de Bobastro. Poco después, el ejército omeya se dirige al castillo de Juviles, en las Alpujarras de Granada, y después de arrasar sus campos sembrados de trigo y cebada, talar sus árboles y destruir todos sus recursos sitia el castillo, que se defiende muy bien, porque queda fuera del radio de tiro de las catapultas. Entonces el emir de Córdoba hizo construir una plataforma donde instaló un gran almajaneque que bombardeaba sin cesar con sus proyectiles de piedra la fortaleza, además de cortarle el agua. Al cabo de quince días los muladíes consiguen salvar sus vidas a cambio de entregar a los jefes cristianos y aliados de Omar Ibn Hafsún, unos 55, que fueron decapitados. En esta campaña, que duró noventa y dos días y en la que conquistó o destruyó setenta castillos y más de doscientas torres fortificadas, Abderramán obligó a los rebeldes sometidos a enviar a sus mujeres, hijos y bienes muebles a la capital del emirato, para garantizar así su obediencia y sumisión.

También en este primer año de su reinado aprovechó Abderramán III las rivalidades internas existentes entre los Banu Hayyay, señores árabes de Sevilla y Camnona, para someterlos. El emir envió en primer lugar al caíd y visir Ahmad ibn Muhammad ibn Hudayr, que había sido nombrado por Badr gobernador militar de Écija, al frente de un destacamento de tropas especialeso (hasam), para tratar de atraerse a los sevillanos sin iniciar las hostilidades. Fracasó en sus intentos, pero obtuvo la inesperada y valiosa colaboración, por supuesto interesada, de Muhammad ibn Ibrahim ibn Hayyay, señor de Carmona y primo de Ahmad ibn Maslama, señor de Sevilla. Cuando la ciudad hispalense fue cercada por las tropas omeyas, Ibn Maslama recurrió a Omar ibn Hafsún, quien acudió presurosamente, pero fue derrotado por los sitiadores, retirándose a Bobastro.

Ahmad ibn Maslama fracasó en las negociaciones que entabló con las autoridades omeyas, pero simuló lo contrario, mostrando a sus seguidores más notables un supuesto documento del emir Abderramán III. En diciembre de 913 de nuevo negoció con el hayib Badr a través de Omar ibn Abd al-Aziz ibn al-Qutiyya, descendiente de Sara la Goda, nieta del rey Witiza, y padre del célebre historiador Ibn al-Qutiyya. El embajador recurrió a una estratagema que entusiasmó al emir y convenció a medias a Badr: cuando Ahmad ibn Maslama salga de la ciudad de Sevilla para recibir al co-gobernador o delegado omeya, serán cerradas las puertas de la ciudad dejándole fuera de la misma con su séquito, mientras que los adictos quedarán dentro.

El caso es que, finalmente, el señor de Sevilla tuvo que capitular y Badr, en nombre del emir, concedió el amán a unos mil caballeros del jund o ejército de Sevilla y que se habían manifestado hostiles a la dinastía omeya, dándoles a cada uno el rango y soldada que les correspondía en el ejéricto del emir. Nombró gobernador de la ciudad hispalense a Said ibn al-Mundir al-Qurays, miembro de la familia real, que convenció al hayib de que derribase las murallas de la ciudad. Abderramán nombró a un nieto de Ahmad ibn Maslama jefe de la Policía Superior y poco después concedió el rango de visir al señor de Carmona, aunque ejerció el cargo un solo día, pues el emir se lo llevó consigo en una expedición y después, al comprobar su deslealtad y connivencia con el gobernador rebelde de Carmona, lo metió en la cárcel, donde murió.

La resistencia de Omar ibn Hafsun y sus hijos:

Abderramán III fijó entonces su objetivo en derrotar a Omar ibn Hafsún. La segunda aceifa omeya contra ibn Hafsún salió de Córdoba el 7 de mayo de 914 y unos días después acampa ante los muros de Balda. Allí la caballería se dedicó a talar sus árboles y a devastar el territorio próximo, mientras el resto de las fuerzas se dirige a Turrus, castillo que es sitiado por espacio cinco días mientras se devastan sus alrededores.

Después el ejército emiral se trasladó a Bobastro, aunque el cronista no lo cita por su nombre y desde allí el emir envió a la caballería contra el castillo de Sant Batir (Santopitar), cuyos defensores lo abandonaron en manos de los soldados omeyas, que consiguieron un cuantioso botín. A continuación atacaron el castillo de Olías y desde esta fortaleza lanzó Abderramán su caballería contra el castillo de Reina o Rayyina. Tras violentos combates es conquistado el castillo rebelde, que amenazaba a la ciudad de Málaga. La siguiente etapa es la capital de la provincia, donde el emir acampa unos días para resolver los asuntos de la ciudad. Abderramán emprende el regreso por la costa pasando por Montemayor, cerca de Benahavís, Suhayl o Fuengirola y otro castillo llamado Turrus o Turrus Jusayn y que Lévi-Provençal identifica con Ojén, para llegar finalmente a Algeciras el jueves 1 de junio de 914. Por la costa patrullaban barcos de Omar ibn Hafsún, que se abastecían habitualmente en el norte de África, pero fueron capturados e incendiados delante del emir. Ante la presencia del imponente ejército cordobés los castillos rebeldes, próximos a Algeciras, se someten a su poder.

Tras diversas campañas el emir consiguió cercar y aislar a ibn Hafsún en Bobastro donde fallecería en 917, aunque no lograría la redición del enclave hasta 928 cuando los hijos del jefe rebelde depusieron las armas.

Fuente: Wikipedia.