miércoles, 13 de junio de 2007

Arjona


Naturalmente que Arjonilla, a legua y media de Arjona, forma parte del ambiente doméstico de los al -Nasr, conocidos con el apelativo de Alhamares, tanto que en la dehesa de Al-Hardón, posiblemente la antiquísima Setia, aprendió a manejar caballos el primer rey de Granada, y en la vaguada del Salado, liza más tarde de escaramuzas con los iliturgitanos, practicó la eficacia de la maza y la espada. Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr el Alhamar vino al mundo en Arjona, ya lo dijimos antes, precisamente el día de la victoria de los almohades sobre los cristianos en Alarcos. Y nació en el Alcázar, donde hoy se levanta el hospital de San Miguel, conocido desde antiguo como la Casa del Rey. Alchozami cuenta que los alhamares procedían de Zaragoza y vinieron a Andalucía tras la conquista de la ciudad aragonesa por Alfonso I (1118), estableciéndose en Arjona, y añade que los al-Nasr, tanto por sus riquezas como por la nobleza de su estirpe, eran muy poderosos y respetados. Lo confirma al-Jathib y señala que Muhammad Ibn Alhamar, aparte de la autoridad, heredó de sus padres extensos dominios, «que cultivaba con sus propias manos». La exageración de al-Jathib se reduce en la General Estoria a estos términos: «et entonces se apoderó de la tierra un alábare que dizien Mohammad Avenalhamar, que poco antes era gañan, que no avie otro menester si non seguir los bueys et el arado, et fue dallí adelane sennor de Arjona, et de Jahen, et de Granada, et de Accio (Guadix)» Así, Argote de Molina lo convierte en «pobre pastor» y Lafuente en mozo de mulas. Como se ve, hay un paso de terrateniente y buen administrador de rica hacienda a pelantrín de mala muerte. Sin embargo, recibió una «esmerada educación, a propósito par el elevado rango que la grandeza y dignidad de su familia le obliga a ocupar». Al-Jatib recuerda algunas virtudes personales de Alhamar: varón admirable, militar lleno de valor y entereza, enemigo del ocio, pobre en el recibir y príncipe dadivoso, menospreciador de las diferencias y moderado en los hábitos.

Siendo alcaide de Arjona y Jaén, ayudado por su tío Yahya ibn Nasr, se rebeló contra el domino de Ben Hud y se proclamó rey de Arjona a los 36 años. Seguidamente conquista Jaén, nombrándose su rey. Muerto Ben Hud, se hace con Almería, ocupa Sevilla, se apodera de las Alpujarras y rinde las ciudades de Guadix y Baza hasta que, mediados el mes de junio de 1238, se le entrega Granada, «tomándole por rey». Muhammad I Alhamar y su parentela nazarí, con dos siglos y medio por delante, crean el portentoso modelo cultural conocido como arábigogranadino, taller de diseño artístico y gabinete de enjundia sociomusulmana, con ciertos amagos ibéricos, que exportó ideas, técnicas y gestos creativos no sólo al África, sino a la Europa mediterránea.

Poco tiempo permaneció Alhamar en su pueblo y su reino, la Casa de la Palma Alta o Arjuna al-Harf, aquel alcázar que iluminaba durante toda la noche a la fuerte Andújar y gran parte de las riberas del Guadalquivir. Un escritor arjonero, que firmaba Al-Hayzar ibn Mardanix al-Garnathí, pone en boca de Arjona la tristeza por la marcha del hijo hacia el sur: «Te fuiste a lejanas nieves en las que el granado aún no había florecido y en las que el descanso era la batalla. Seguramente sentiste la palabra de una aventura maravillosa, labor de palacios insospechados, entrega sacrificada a los hermanos del Islam, hallazgo de placeres culturales, encomienda social insospechada. Seguramente presentiste el oro alquímico, la silueta soberbia del caballo de raza, el sensual y quimérico poder del agua y su arquitectura, la sabiduría clásica y el conocimiento empírico de la naturaleza. Me dejaste sola, pero deseo que tu ánimo construya esa fiesta inacabable para los siglos, la obra nazarí.»

En la primavera de 1244, Fernando I arrebata Arjona a Muhammad I de Granada. Infortunada primavera de la cruza, reducida a jornada sin amanecer y a bosque sin árboles, primavera útil para el desierto, rociada de otoños y camposantos. Desde entonces, Arjona es un hueco alto donde sosiegan los vientos de la historia. Uno de esos vientos fue el almohade Abdala ibn Omar el Gafequí, enterrado en el olvido arjonense, y otro de esos grandes soplos inspiradores fue Ibn Su'ayd Al-Aryuní, maestro de las tradiciones proféticas (hadit) y docto en la interpretación particular del Corán (ra'y). Los malos vientos de la historia, o séase, la estulticia y la desidia humanas, aparte del trasmano de caminos, sólo han dejado la huella poderosa del rayo encarnada en un perfil urbano que prestigia los horizontes comarcales. Arjona, en su retiro aguileño, aún es la veleta al sur de los destinos nazaríes.

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