lunes, 31 de marzo de 2008

El Cardenal Segura


Pedro Segura y Sáez, (Carazo (Burgos), 4 de diciembre de 1880 - Madrid, 8 de abril de 1957), fue un clérigo español, miembro de la jerarquía eclesiástica, fue Cardenal primado de España hasta su destitución en 1931. Desde 1937 hasta su fallecimiento fue arzobispo de Sevilla.

De origen humilde, sus padres eran maestros, estudió en el Colegio de los Escolapios de San Pedro de Cardeña, el Seminario de Burgos y la Universidad Pontificia de Comillas, se ordenó sacerdote el 9 de junio de 1906, doctorándose luego en Teología, Derecho Canónico y Filosofía.
Profesor del seminario de Burgos, en 1916 es designado obispo auxiliar de Valladolid y en 1920 es preconizado obispo de la diócesis de Coria (Cáceres), donde permanece hasta 1927.

Es en este periodo en Coria donde tiene ocasión de conocer al rey Alfonso XIII, al acompañarle durante la visita que el rey realizó en 1922 a la entonces sumamente deprimida comarca de Las Hurdes. Su carácter enérgico impresionó muy favorablemente al rey, consiguiendo que se otorgaran importantes ayudas en dotaciones y servicios a la citada comarca y la creación de un Patronato para fomentar su desarrollo. El 1 de abril de 1923 fundó el diario Extremadura.

La amistad de Alfonso XIII, correspondida por Segura, daría sus resultados ya que en febrero de 1927 es nombrado, al parecer a petición del rey, arzobispo de Burgos y el 20 de diciembre del mismo año el papa Pío XI le nombra cardenal y le designa para la sede primada de Toledo. La birreta cardenalicia le sería impuesta en Madrid, en una ceremonia ante toda la corte celebrada en el Palacio de Oriente, por el propio rey.

Hombre de gran rectitud, fuerte carácter, católico intransigente, opuesto al fascismo y sin tacto diplomático, se ha dicho de él que «solo inclinó su frente ante el Papa». Estas cualidades, unidas a su fidelidad a ultranza a la monarquía le llevarían pronto a enfrentamientos con los poderes establecidos, primero con las autoridades de la República, más tarde con el general Franco y en más de una ocasión con la Santa Sede.

En 1931, a poco más de 15 días de la proclamación de la República, lanza una violenta diatriba contra el régimen recién establecido, afirmando en una pastoral: «Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo».

Esta afirmación tajante no era compartida, al menos en público, por la totalidad de los católicos y en todo caso no lo era por los que pensaban como el grupo dirigente del periódico El Debate, fundado por el que más tarde sería cardenal Herrera Oria. Segura llegó a calificar como "papelucho liberal" a este periódico por defender una visión accidentalista de las formas de gobierno, incompatible, a su juicio, con un buen católico.

El 13 de mayo de 1931, marchó a Roma, volviendo el 9 de junio, pero cuatro días más tarde es detenido y expulsado de España. Poco tiempo después se intervienen unos documentos al obispo de Vitoria, al ir a cruzar la frontera, por los que Segura ordenaba la venta de bienes eclesiásticos en España y el envío del producto de la venta fuera del país.
Estos hechos hacen que el gobierno republicano presione ante la Santa Sede para que se le sustituya en la archidiócesis de Toledo. Segura, enterado de estas gestiones, se había ido resistiendo, pero finalmente envía una carta a Pío XI poniendo a su disposición el cargo. El papa acepta el ofrecimiento y el cardenal, tras pasar por Bayona y Lisieux es incorporado a la curia pontificia donde permanece hasta el año 1937.

Tras el fallecimiento el 10 de agosto de 1937 del cardenal Ilundain, Segura es designado para la archidiócesis de Sevilla, de la que toma posesión el 2 de octubre de ese mismo año.

La fanática represión religiosa que desencadenó Segura desde su palacio arzobispal se añadió a la ya brutal represión física de Queipo de Llano, dejando ambas huella imborrable sobre el subconsciente colectivo y la religiosidad del pueblo sevillano, notablemente peculiares.

Pero muy pronto el cardenal sería una de las pocas voces discordantes, si no la única, dentro de una Iglesia Católica muy identificada con el régimen franquista. Sus enfrentamientos con el dictador fueron muchos y por muy diversos motivos. Los más conocidos fueron, su oposición a la entrada bajo palio de Franco en las iglesias y catedrales de su jurisdicción, llegando a amenazar con la excomunión a quienes lo permitieran; la negativa, en contra de lo ordenado por Franco, a que se instalaran placas en los muros de la Catedral y parroquias de la diócesis con los nombres de los Caídos por Dios y por la Patria, hecho que provocó la ira de los falangistas quienes, en represalia, pintaban periódicamente el escudo del yugo y las flechas en los muros del Palacio arzobispal sevillano. Estas pintadas perduraron durante muchos años, incluso después de la muerte del cardenal, pero Segura no cedió y la Cruz de los Caídos sevillana tuvo que ser instalada junto a los muros de los Reales Alcázares, situados en la proximidad de la Catedral.

Por otra parte, en sus sabatinas nunca faltaban las críticas al régimen en general e incluso a sus jerarcas en particular. Esta conducta, insólita en unos tiempos en que la unidad de pensamiento era la norma y la crítica casi no existía, dio lugar a que Franco, como antes la República, considerara su expulsión de España, aunque no llevó a término esta idea.
No obstante, las gestiones ante el Vaticano del gobierno español dieron lugar a que, en noviembre de 1954, mientras se encontraba de visita en Roma, la Santa Sede designara a José María Bueno Monreal como arzobispo coadjutor de la archidiócesis de Sevilla, en tanto que se le quitaban al cardenal muchos de los poderes que ejercía, por lo que de facto, hasta el fallecimiento de Segura hubo en Sevilla dos cardenales.

Falleció en Madrid el 8 de abril de 1957, y en cumplimiento de su última voluntad su cadáver fue trasladado a Sevilla donde, por orden de Franco, se le rindieron honores militares. Fue enterrado junto al resto de su familia en la cripta del monumento al Sagrado Corazón de Jesús situado en la localidad sevillana de San Juan de Aznalfarache. Este monumento, encargado en vida del cardenal al arquitecto sevillano Aurelio Gómez Millán y terminado en 1948 sobre una colina que domina la ciudad de Sevilla, es un complejo funerario-religioso funcional dependiente de la Diócesis de Sevilla: hay tres Iglesias, un vía crucis con todas sus estaciones, un recinto de jardines con altares con pinturas de imágenes en las paredes en cada descanso de las escaleras que antiguamente estaba cuajado de flores; hay un hotel, una casa de ejercicios usado por los católicos; hay un colegio regentado por religiosas (Las Teresianas), que fue un internado para niñas digamos ricas, y también hubo un internado de niños pobres en otra zona del recinto, y una residencia de seminaristas, y es a la vez una imitación de la Plaza de San Pedro de Roma a menor escala. En su cúspide está la estatua del Sagrado Corazón, que esta rodeado de suelo todo de marmol, con unos soportales en forma de semicírculo rodeando la plaza del monumento. Todo este conjunto ha decaído mucho en la actualidad pero es considerado por algunos como el extravagante capricho funerario del cardenal y su familia, único en su género en los tiempos modernos.