martes, 7 de agosto de 2007

Abderramán III: Política exterior


Política exterior:

La política exterior de Abderramán III tuvo que hacer frente a dos problemas: los reinos cristianos en su frontera norte, y la expansión fatimí en su frontera sur constituida por el Magreb.

Los reinos cristianos:


El caos en que los anteriores emires habían sumido el reino, había posibilitado que leoneses, castellanos, aragoneses, catalanes y navarros debilitaran la frontera norte de Al-Andalus y, ya bajo el mandato de Abderramán, el rey leonés Ordoño II saqueaba Evora en 913 y Mérida en 914. Para recuperar los territorios perdidos, Abderraman envió a su general Ahmad ibn Abi Abda al mando de un enorme ejercito a hacer frente al rey leonés sufriendo, en septiembre de 917, una total derrota en San Esteban de Gormaz.

Reconociendo el error que había cometido al minusvalorar el poderío de Ordoño II, Abderraman organiza un poderoso ejército en 920 recuperó los territorios perdidos en la anterior campaña y tras derrotar, el 26 de julio, al rey Sancho Garcés I de Navarra en Valdejunquera, penetra en Navarra remontando el Aragón por la vía clásica de las invasiones del sur. Abderramán sigue hasta Pamplona a donde llega al cabo de cuatro días. La ciudad abandonada sufre el saqueo y la destrucción destacando el derribo de su iglesia catedral.

La muerte de Ordoño II en 924 y las sucesivas crisis que sufrió el Reino de León en materia sucesoria supusieron que las hostilidades prácticamente desaparecieran hasta la subida al trono leonés, en 931, de Ramiro II quien acudió, en 932, en ayuda de la rebelión que contra Abderramán se había iniciado en Toledo, y tras conquistar Madrid infligió a las tropas califales una derrota en Osma.

En 939, Abderramán sufrirá su mayor descalabro a manos de los reinos cristianos cuando sus tropas son derrotadas en la Batalla de Simancas, debido esencialmente a la deserción de la nobleza árabe y donde el propio califa estuvo a punto de peder la vida, circunstancia que le hizo no volver a dirigir en persona ninguna otra batalla. Esta derrota permitiría al bando cristiano mantener la iniciativa en la península hasta la muerte de Ramiro II en 951 y la derrota que sufriría su sucesor Ordoño III en 956.

En el 950 recibió en Córdoba a una embajada enviada por Borrell II de Barcelona, por la que el conde barcelonés reconocía la superioridad califal y le pedía paz y amistad.

Entre los años 951 y 961, no dudó en intervenir en las diferentes querellas dinásticas que debilitaron la monarquía leonesa durante los reinados de Ordoño III, Sancho I y Ordoño IV, dando su apoyo a una u otra de las partes en litigio según la coyuntura política de cada momento.

El Magreb:

El segundo eje de la política exterior de Abderramán III fue frenar la expansión en el norte de África del califato fatimí, presente en la región desde 909 y que pretendía expandirse por Al-Andalus.

Las medidas adoptadas supusieron la construcción de una flota que convirtió al califato de Córdoba en una potencia marítima con base en Almería y que le permitirían conquistar las ciudades norteafricanas de Melilla (927), Ceuta (931) y Tánger (951), y establecer una especie de protectorado sobre el norte y el centro del Magreb apoyando a los soberanos de la dinastía idrisí, que se mantendría hasta 958 cuando una ofensiva fatimí le hizo perder toda influencia en el Magreb donde sólo mantendría las plazas de Ceuta y Tánger.

Logros:

En el transcurso de su califato, Abderramán III no sólo convirtió Córdoba en el centro neurálgico de un nuevo imperio musulmán en Occidente, sino que hizo de ella la principal ciudad de Europa Occidental, rivalizando a lo largo de más de un siglo (929-1031) con Bagdad, la capital del califato abasí, en poder, prestigio, esplendor y cultura.

Fue un gran impulsor de la cultura y durante su mandato Córdoba conoció su período de mayor esplendor. El califa omeya embelleció Córdoba, empedró e iluminó las calles, dotó la ciudad de numerosos baños públicos y de cerca de setenta bibliotecas para disfrute de sus cerca de 100.000 habitantes, fundó una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores del griego y del hebreo al árabe, hizo erigir un nuevo alminar en la Gran Mezquita y, en las afueras de la urbe, en las faldas de Sierra Morena, ordenó construir la extraordinaria ciudad palatina de Madinat al-Zahra, de la que hizo su residencia hasta su muerte.

Esposas e hijos:


De sus esposas y concubinas solamente conocemos a las siguientes:

* Fatima al-Qurasiyya, hija de su tío abuelo el emir al-Mundir, la cual, debido a su rango llevaba el título de al-Sayyida al-Kubra, «la Gran Señora».
* Maryam, Maryana o Muryana, una cristiana y madre de Alhakén II.
* Mustaq, que fue la favorita del califa en los últimos años de su vida y le dio el último de sus hijos, al-Mughira.
* La hermana de Nayda ibn Hussein (un mawla que llegó a jefe del ejército), de oficio zurradora de pieles y a la que vio junto a un río, le dio la kunya, para ennoblecerla, de Umm Qurays, «la Madre de Qurays».

La célebre historia de la concubina al-Zahra, que presuntamente habría incitado al califa a fundar la ciudad de Madinat al-Zahra, parece pura leyenda creada muy posteriormente, para explicar la etimología de la ciudad residencial de Abderramán III.

La Crónica Anónima y otras fuentes árabes nos dicen que tuvo once hijos varones y dieciséis hijas. Los varones, por orden de nacimiento eran: su sucesor al-Hakam, al-Mundir, Abd Allah, Ubayd Allah, Abd al-Yabbar, Sulayman, Abd al-Malik, Marwan, al-Asbag, al- Zubayr y al-Mughira. Cinco de ellos le sobrevivieron: el califa Alhakén II, con cuarenta y seis años, y los infantes Abd al-Aziz, al-Mundir, al-Asbag y al-Mughira. Este último tenía entonces unos diez años de edad. Los otros siete hijos murieron prematuramente. Entre sus hijas por lo menos le sobrevivió Hind, que recibió el sobrenombre de Ayuzal-Mulk «La Anciana del Reino», por su extraordinaria longevidad, pues murió cuarenta y nueve años después de la muerte de su padre. Tanto Hind como la infanta Wallada eran hermanas uterinas de Alhakén II. Otras dos hijas recibieron los nombres de Saniya y Salama.

Sucesión:


Bajo Abderramán III la cuestión sucesoria quedó rápidamente atada y bien atada: el heredero (walí al-Ahd) fue sin discusión el primogénito del emir, Alhakén II, quien había nacido en 915 (302 H). Alhakén aparece ya a los cuatro años designado como heredero, y quedó en representación de su padre en el Alcázar cordobés cada vez que su padre salía de campaña, hasta que, a los doce años, empezó a acompañarlo en sus expediciones militares.

La designación de Alhakén corno heredero tuvo, sin embargo, penosas consecuencias personales para el joven. Durante cuatro décadas su padre le obligó a vivir cerrado en el Alcázar y le mantuvo alejado del trato con mujeres, lo cual sin duda determinó las inclinaciones homosexuales de Alhakén. Las fuentes vinculan este insólito trato al hecho de que fuera el heredero elegido por su padre para sucederle. Probablemente Abderramán sentía temor ante la posibilidad de que su hijo tuviera trato con mujeres ambiciosas y se formara una camarilla en torno suyo para destronarlo. El cronistapalatino al-Razi hace la siguiente referencia la desdichada existencia de Alhakén:

a quien [su padre] no permitió salir del Alcázar ni un día, ni dicha ocasión de tornar mujer de más o menos edad, llevando al colmo una actitud celosa (...) que al-Hakam soportó conprudencia que le impusiera, aunque ello fue una carga que, al prolongarse el reinado de su padre, agotó los mejores días de su vida, privándole de los placeres íntimos de a vida por mor de la herencia interior del califato, que alcanzó en edad tardía y con escasos apetitos...
Ibn Hayyan, Muqtabis V, ed. Zaragoza 1981, pp. 8 y 9

La designación del Alhakén provocó asimismo un intento de hacerse con el poder por parte de Abd Allah, otro de los hijos del califa, que intentó destronar a su padre e impedir la sucesión de Alhakén II. Rápidamente fue detenido y el 2 de junio de 950 fue decapitado en presencia de Abderramán. La misma suerte corrieron los supuestos conspiradores, entre los que se contaba el eminente jurista Ahmad ibn Abd al-Barr. El joven infante era hombre de saber, inteligente, noble de espíritu y piadoso. Según Ibn Hazm había estudiado la doctrina jurídica shafi'i y no la malikí, vigente en al-Andalus, y precisa que fue condenado a muerte porque desaprobaba la mala conducta de su padre y sus acciones despóticas y contrarias a la justicia.

Tras otros doce años de gobierno de Abderramán III, cuando en 961 (350 H) Alhakén fue proclamado Califa, tenía 48 años y carecía de heredero, hecho insólito en los anales de los omeyas.

Semblanza del Califa:

El primer califa de Córdoba era, según el Kitab al-Bayan de Ibn Idhari:

...de piel blanca, ojos azules y rostro atractivo; de buena facha, aunque algo recio y rechoncho. Sus piernas eran cortas hasta el extremo de que el estribo de su silla de montar bajaba apenas un palmo de ésta. Cuando montaba a caballo parecía alto, pero a pie, resultaba bastante bajo. Se teñía la barba de negro.

Todos los cronistas árabes subrayan las cualidades y méritos que adornaban al califa andalusí. Destacan su sagacidad y diplomacia, su firmeza e intrepidez; su liberalidad y generosidad; sus extraordinarios conocimientos en derecho musulmán y en otras ramas del saber que hacían de él un excelente poeta y un elocuente orador. Sus cronistas relatan minuciosamente sus buenas obras en defensa de la ortodoxia islámica y condena de la herejía, como la persecución de los seguidores de Ibn Masarra y su generosidad con los parientes de un loco que quiso matarle.

Pero no menos dignos de mención son sus numerosos defectos. Apasionado por el lujo y la pompa, fue censurado públicamente por el cadí Mundir ibn Said al-Balluti, porque dejó de cumplir sus deberes religiosos en la Mezquita Aljama tres viernes seguidos cuando dirigía con entusiasmo las obras del «Gran Salón del Califato» en Medina Azahara, cuyos muros quiso revestir de oro y plata. También abusaba de la bebida y en una ocasión, estando borracho, exigió con amenazas de muerte a Muhammad ibn Said ibn al-Salim, que se había enriquecido en el ejercicio de cargos públicos, la entrega de un importante donativo para contribuir a los gastos del reino. El atemorizado Ibn al-Salim se turbó tanto que se emborrachó hasta el punto de vomitar junto al Califa, el cual, caritativamente, le sujetó la cabeza y le ayudó a limpiarse. Días después de la fiesta entregó a su señor cien mil dinares en monedas de plata. Al-Nasir aceptó la prueba de sumisión, y siguió proporcionándole altos cargos y beneficios hasta su muerte.

A veces le gustaba divertirse a costa de sus visires azuzando a unos contra otros, rematando entre risas los versos procaces con que un visir que satirizaba a otro con unas voces romances malsonantes sin apartarse del metro ni de la rima del verso clásico árabe.

Cuando tenía un capricho no le importaba pisotear los derechos de sus súbditos: quiso comprar un terreno para una de unas favoritas y le gustó la casa que habían heredado unos niños huérfanos, que como tales estaban bajo la tutoría del cadí Mundir ibn Said. Abderramán ordenó al albacea que se la valorase a la baja. Cuando se enteró el cadí, contestó al califa que la venta de los bienes de los huérfanos sólo era posible por tres motivos: por necesidad, por ruina grave o para obtener un beneficio. Como ninguna de estas tres condiciones se cumplían y conociendo como conocía al Califa, ordenó derribar la casa y obtuvo por el material de derribo más de lo que ofrecía el omeya. Interrogado por éste le respondió con energía: Tus tasadores no la valoraron sino en tal cantidad y a ti te pareció bien. Se ha obtenido con el material de derribo mucho más y ha quedado además el solar y el baño público, que proporciona muchos beneficios.

Las mismas fuentes árabes se hacen eco de su crueldad manifiesta. Según Ibn Hayyan, llegó a hacer colgar a los hijos de unos negros en la noria de su palacio como si fueran arcaduces hasta que murieron ahogados, e hizo cabalgar a la vieja y desvergonzada bufona Rasis en su cortejo, con espada y bonete para escarnecer a su gente. Su brutalidad con las mujeres del harén era notoria. Estando borracho un día, a solas con una de sus favoritas de extraordinaria hermosura en los jardines de Medina Azahara, quiso besarla y morderla, pero ella se mostró esquiva e hizo un mal gesto. Entonces el Califa montó en cólera y mandó llamar a los eunucos para que la sujetaran y quemaran la cara, de modo que perdiera su belleza. Su verdugo Abu Imran, que no se separaba de su amo, fue requerido por Abderramán III cuando pasaba la velada bebiendo con una esclava en el Palacio de la Noria. La hermosa joven estaba sujeta por varios eunucos y pedía clemencia mientras el Califa le contestaba con los peores insultos. Siguiendo las órdenes de su señor, el verdugo decapitó a la joven y recibió en premio las perlas que se desparramaron del magnífico collar de la concubina, con cuyo valor se compró una casa. Remata Ibn Hayyan este rosario de horrores contando que el califa utilizaba los leones que le habían regalado unos nobles africanos para castigar con más saña a los condenados a muerte, pero, según el cronista, al final de su vida prescindió de ellos, matándolos.

Según Ibn Idhari, Abderramán III redactó una especie de diario en el que hacía constar los días felices y placenteros marcando el día, mes y año. Pero en su larga vida tan sólo quedaron reflejados en ese diario catorce días felices.

Fuente: Wikipedia.