jueves, 8 de abril de 2010

Ni somos vagos ni somos chachas

Andalucía es una marca reconocida en todo el mundo. Algo positivo. Pero la marca lleva implícita una serie de tópicos, prejuicios e ideas preconcebidas que no se corresponden con la idea de lo que es Andalucía. Andalucía es mucho más que la caricatura folclórica que nos han vendido. Ya no somos el patio de recreo de España.

Un ceceo en la boca de un andaluz puede tener o no su gracia, pero es lo más natural del mundo. Un ceceo imitado por un gracioso sin gracia resulta patético. Como ridículo es también el empeño de usar una y otra vez en la televisión y en el cine el topicazo de la chacha andaluza analfabeta, el vago empedernido o el juerguista flamenco.

Todo comenzó desde que en aquella famosa serie de Médico de Familia apareciera una chacha andaluza. La actriz madrileña Luisa Martín impostaba un deje sanluqueño exagerado, inspirado en familiares de la localidad gaditana, para moldear su personaje en la telecomedia que hizo furor decenio y medio atrás.

La Juani fue el faro que iluminó a las demás series para que metieran por ahí andaluces paletos y serviles. Gente de pocas miras que se pasaban el día cantando sevillanas, moviendo los brazos como aspas de molino y gritando como condenaos. Recordemos algunas de aquellas series que causaron flagrante delito:

- Serie Los Serrano: Paquillo (Manolo Caro,) el camarero, es andaluz.
- Serie Aquí no hay quien viva: Emilio (Fernando Tejero), el portero, es andaluz
- Serie Mis adorables vecinos: Dolores Mingo (Paz Padilla), la rica que no sabe vestir y además tiene poca cultura, es andaluza.
- Serie Ana y los Siete: la chacha, es andaluza.

Así hasta llegar al actual anuncio en el que una mujer, morena de ojos negros y acento del sur, como no podía ser de otra forma, publicita un reconocido producto de limpieza.

Una tras otra siguen los mismos patrones, y ya está bien. Resulta irritante la machacona insistencia de que nos etiqueten a todos los andaluces como unos incultos que vivimos del subsidio y no servimos para trabajar. Uno se cansa de tanta gilipollez.

No somos los mejores, ¿quiénes son los mejores?, pero ya está bien de que se nos considere escoria. No es necesario presumir, pero lo diremos de pasada: Andalucía es cuna de artistas y escritores. Tierra de genios. Aquí se ha alumbrado una Constitución con nombre de mujer y esencia del pueblo. No conozco tierra alguna tan fértil como la nuestra en poesía, porque no son solamente Lorca, Machado, Alberti, Juan Ramón Jiménez… Lo resalto bien: la nómina de poetas andaluces, infinidad de ellos de resonancia mundial, supera lo imaginable y daría para contentar a todas las regiones de España. Los dos pintores españoles más universales –uno clásico y otro moderno- son andaluces: Velázquez, sevillano, y Picasso, malagueño. Y hay más pintores, muchísimos más, surgidos de nuestra luz. Lo tengo que decir como otra muestra del talento natural que brota a borbotones en el Sur. Pero hay muchos, muchísimos, más ejemplos. Como los hay en los campos de la investigación médica y sanitaria, de la innovación tecnológica, en los que sobresalen científicos de primer nivel. Sin embargo, eso no se reconoce porque es más fácil y recurrente despreciar al andaluz y ridiculizarlo como un ignorante.

Partíamos con siglos de retraso porque los dueños de todo, de la intolerancia también, no permitieron nuestro progreso. Incluso en tiempos intolerantes fueron silenciados nuestros genios, tachados de rojos por los mismos que ahora los santifican, aunque tal ignominia no sólo ocurrió en Andalucía. Fue más difícil ponernos al día. Y aún estamos en ello. Y aún nos queda camino que recorrer. Claro. Pero nada de eso justifica tanta incomprensión, tanta actitud despreciativa, tanta contumacia.

No nos sobra la petulancia.

Nos sobra la dignidad.